Han pasado dos años desde que inicié este cuaderno de Bitácora. He navegado mucho en este tiempo, con buen rumbo y sin él, pero he navegado.
Retomo este apartado porque ayer, sí ayer, decidí de nuevo navegar.
Surgió todo de golpe y porrazo, pero sin porrazo y sin golpes, por suerte.
El viernes, como me encuentro mejor y el tiempo acompañaba me dirigí hacia el puerto de Oza con Cleíto. Y como la vida algunas veces nos presenta casualidades, allí delante de nosotros estaba ella. Una "vecina" de hace muchísimos años, de la infancia, yo ni me acordaba de ella, ella sí, se acordaba de mí.
A lo importante, tiene un barco y le encanta navegar los fines de semana. Nos invitó a hacerle compañía el sábado y sin rumbo fijo pasar el día en la mar.
Aceptamos sin dudarlo. El sábado a las 7 de la mañana estábamos a pie de pantalán.
Nos pusimos los chalecos, sí, Cleíto tiene chaleco, ahora los perros navegan más seguros, armamos el velamen y silenciosamente nos fuimos alejando del puerto...
No había ni un alma, nadie en la mar. Los barcos de pesca ya habían regresado y no nos acompañaba nada más que el romper de las olas contra la proa y el murmullo suave del motor.
Cuando enfilamos la bocana, izamos las velas y apagamos el motor. El viento era nuestro fiel compañero y el que nos iba a llevar hacia el Sur.
Creí estar soñando y Luisa me dijo que me pellizcara en la cara, porque era verdad, allí de nuevo, con aquello que más me gusta hacer.
Disfrutamos de un precioso día, por la mañana el sol no se dejaba ver, pero lo intuías en medio de las nubes, hacia las dos de la tarde las nubes decidieron irse de paseo y un esplendoroso gordito nos calentaba, por momentos demasiado.
Cleo no paraba de ladrarle al agua, no sé si es que vio alguna sirena que le hacia competencia o le asustaba el romper de las olas contra el casco.
A la una estábamos en Cayón un pueblecito cercano a Coruña, donde se comen las mejores sardinas del mundo mundial. Decidimos fondear y con ayuda de un paisano tomamos tierra.
Y aquí empoieza la verdadera aventura. Cayón tiene un maravilloso paseo marítimo, pequeño, pero muy coqueto. Hacia allí nos dirigimos y pensamos en tomar una cervecita mirando como el mar rompía en las rocas...cual sería nuestra sorpresa que ante nosotras se presentaba un moderno restaurante, con un más embriagador nombre "A FURNA DO ATLÁNTICO".
Nos miramos y dijimos " Por qué no???" Cambiamos las sardinas por una cocina tradicional pero más elaborada. El sitio es especialmente coqueto. La sala de comedor está arriba con unos grandes ventanales con vistas al mar. Tenían todo reservado pero por suerte para nosotras se ofrecieron a montarnos una mesa en la terraza, así Cleíto estaba a nuestro lado. Nos pareció muy buena idea. Nos dejamos asesorar por la camarera, una chica joven y guapísima, que nos confesó que era hija de emigrantes e hizo la carrera de hostelería en Suiza. Hasta mi amiga que no "entiende" nada de nada, decía que chavalita más xeitosa. Y para rematarla,era amable, muy amable. Le regaló a Cleo unas costilletas de cordero recien hechas que quien las "pescara".
Comimos muy bien, no sólo con la vista". Para entonar boca unos chipirones de la ría a la plancha y después una fantástica parrillada de pescados. Cinco clases de peixe, en mi vida me pusieron tantos. Todo regado por un buen "ribero" que había llevado tropecientos premios, pero que estaba muy bueno, de verdad de la buena.
Postres, cafés y a las cinco y media decidimos levantar los culombios del asiento.Nos dimos un buen paseo antes de volver al barco.
Cuando caminábamos hacia el muelle vimos una cetárea y no era de recibo no comprar un poco de marisco para hoy.
Antes de regresar a Coruña seguimos rumbo hacia la zona de Malpica, pasando por todo ese formidable litoral. Había bastante mar y el viento soplaba mucho más fuerte que por la mañana, Cleo iba un poco rarilla y como pronto iba a caer la noche, pusimos caña hacia casa.
Entramos en la bahía coruñesa cayendo el sol a nuestra espalda, eran las diez de la noche, buena hora para darse un buen duchazo y descansar.
Esta noche no precisé tomar nada para dormir, después de una buena ducha me tumbé en la cama y pensando en lo que había ocurrido en la jornada, me quedé como una papona dormida. Desperté de madrugada, sentía un poco de frío, no me extraña estaba sobre la cama y solo tenía los piés tapados por una ligera manta.
Me metí en el sobre y hasta hoy.
Procuraremos portarnos mejor hoy, estamos invitadas a comer el marisco en casa de la "vecina", veremos las fotos que hicimos y prontito para casa, mañana navegaremos entre las cabecillas de los pitufos y hay que estar en forma.